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Técnica

Si encuentras un adjetivo, mátalo

La cita de Twain se aplica mal casi siempre. Esta es la lectura que sí sirve.

Unas tijeras de podar sobre un montón de folios manuscritos, en una mesa en mitad de un prado.

La cita se le atribuye a Mark Twain y circula en muchas versiones: «Cuando encuentres un adjetivo, mátalo». Como suele pasar con las citas célebres, la formulación exacta baila según quién la repita, pero la idea que hay debajo es sólida y merece explicarse bien, porque casi todo el mundo la aplica mal.

La lectura ingenua es «no uses adjetivos». Esa lectura produce prosa seca y anémica, y no es lo que hay que hacer. La lectura útil es otra: el adjetivo que no añade información hay que quitarlo, porque está robándole fuerza a los que sí la añaden.

Los tres adjetivos que sobran siempre

El redundante. Repite algo que ya estaba en el sustantivo.

✗ Un frío glacial recorrió la habitación helada.

✓ Un frío glacial recorrió la habitación.

Si el frío es glacial, la habitación helada no aporta: resta. El lector ya lo sabía y ahora, además, sospecha que no confías en él.

El genérico. No dice nada porque podría decirse de cualquier cosa: grande, pequeño, bonito, feo, interesante, extraño, especial.

✗ Era una casa grande y antigua, con un jardín bonito.

✓ Era un caserón con el tejado hundido y un jardín donde crecían las malvas.

La primera versión tiene tres adjetivos y no puedes dibujarla. La segunda tiene uno solo —«hundido»— y la ves entera.

El evaluativo. Le dice al lector qué tiene que sentir en lugar de provocárselo.

✗ Fue una escena terrible y desgarradora.

✓ La madre siguió doblando la ropa del niño.

Aquí está el fondo del asunto. Cuando escribes «terrible», estás poniendo tu conclusión en el sitio donde debería ir la del lector. Y las conclusiones ajenas no emocionan a nadie.

El adjetivo que sí vale

Un buen adjetivo hace una de estas dos cosas: aporta un dato que el sustantivo no tenía, o crea una fricción interesante con él.

✓ Un silencio educado.

✓ Una alegría desordenada.

✓ Un sol enfermo.

Ninguno de los tres es decorativo. «Educado» convierte el silencio en una decisión social. «Desordenada» le da a la alegría un matiz que puede ser envidiable o preocupante. «Enfermo» aplicado al sol crea una imagen que no existía antes de esa combinación.

Esa es la prueba: si el adjetivo se puede quitar sin que se pierda información, sobra. Si al quitarlo se pierde algo, se queda.

El caso de los adverbios en -mente

Los adverbios terminados en -mente merecen párrafo aparte porque son el equivalente adverbial del adjetivo genérico. Suelen ser el síntoma de un verbo mal elegido:

✗ Cerró la puerta violentamente.

✓ Dio un portazo.

✗ Miró fijamente el reloj.

✓ Clavó los ojos en el reloj.

Además tienen un problema de sonido: encadenar dos o tres en un párrafo produce una cadencia machacona que el lector percibe aunque no sepa nombrarla. «Lentamente», «cuidadosamente», «finalmente» en tres frases seguidas suenan a metrónomo.

La poda, paso a paso

Este es un procedimiento concreto que puedes aplicar hoy a cualquier texto:

  1. Marca todos los adjetivos y todos los adverbios en -mente.
  2. Táchalos todos. Sin piedad, sin pensar.
  3. Lee el texto sin ellos. Vas a descubrir que la mayoría no se echan de menos.
  4. Devuelve solo los que, al faltar, dejan un hueco real de significado.
  5. De los que devuelves, comprueba que ninguno sea genérico. Si «grande» sobrevivió al paso 4, probablemente sea porque el sustantivo es vago: arregla el sustantivo y el adjetivo sobrará solo.

La proporción que suele quedar después de este proceso es de uno de cada cuatro o cinco. Y el texto no queda más pobre: queda con los adjetivos trabajando de verdad, en vez de estorbándose entre ellos.

El matiz que casi nadie explica

Hay géneros y voces donde la abundancia de adjetivos es el estilo. La prosa de un narrador barroco, un texto lírico, una parodia del romanticismo, una voz de personaje pomposo: en todos esos casos, acumular es la decisión correcta.

✓ Aquella tarde húmeda, densa, insoportablemente lenta, arrastraba sobre el jardín una luz sucia de finales de octubre.

Esa frase infringe todas las reglas de este artículo y funciona, porque la acumulación es el efecto. El lector siente el peso de la tarde porque la sintaxis pesa.

La diferencia entre esto y un texto sobrecargado por descuido está en una sola pregunta: ¿lo has hecho a propósito? Si acumulas porque has elegido acumular, es estilo. Si acumulas porque no encuentras el sustantivo exacto, es relleno.

Y esa es, al final, la lectura correcta de la frase de Twain. No es «no uses adjetivos». Es «no uses el adjetivo como sustituto de pensar qué querías decir».

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