Seis verbos que están matando tu escritura
Ser, estar, haber, tener, hacer y poner: los andamios que hay que quitar antes de entregar la obra.
Hay seis verbos que aparecen una y otra vez en los textos de quien empieza, y los seis tienen algo en común: no describen ninguna acción concreta. Son andamios. Sirven para sostener la frase mientras la construyes, y hay que quitarlos antes de entregar la obra.
Son estos: ser, estar, haber, tener, hacer y poner.
No son verbos prohibidos —el español no funcionaría sin ellos— pero cada vez que uno de ellos carga con el peso principal de una frase, esa frase está desaprovechada.
El diagnóstico
Un verbo fuerte hace dos cosas a la vez: cuenta qué pasa y cuenta cómo pasa. Un verbo débil solo hace lo primero, y entonces el escritor tiene que añadir adverbios y complementos para recuperar lo que ha perdido.
✗ Iba rápidamente hacia la puerta.
✓ Se abalanzó hacia la puerta.
Cuatro palabras contra tres. Pero además, «abalanzarse» dice algo que «ir rápidamente» no dice: dice que hay urgencia y falta de control. El adverbio informa; el verbo preciso muestra.
✗ Estaba muy triste.
✓ Se derrumbó en la silla.
Aquí la ganancia es mayor todavía. La primera versión te dice una emoción. La segunda te da una imagen de la que tú deduces la emoción, que es infinitamente más eficaz. El lector que deduce se implica; el lector al que informan se aburre.
Los seis, uno por uno
Ser y estar. Son los grandes sospechosos. Convierten cualquier acción en una etiqueta.
✗ La casa estaba en ruinas.
✓ La casa se desmoronaba desde hacía diez años.
Haber. «Había» abre la frase con una existencia neutra y deja el sujeto real enterrado al final.
✗ Había tres hombres esperando en el portal.
✓ Tres hombres esperaban en el portal.
Fíjate en que ni siquiera hemos cambiado el verbo por otro más vistoso: hemos ascendido a los hombres a sujetos. La frase ya no describe un inventario, describe una escena.
Tener. Suele esconder una acción o una cualidad más precisa.
✗ Tenía mucho miedo.
✓ Le temblaban las manos.
Hacer. Es el verbo comodín por excelencia. «Hizo un gesto», «hizo un ruido», «hizo la comida». Casi siempre hay un verbo específico esperando.
✗ Hizo un ruido con la silla.
✓ Arrastró la silla.
Poner. Igual que «hacer», pero con objetos.
✗ Puso el vaso en la mesa.
✓ Dejó el vaso en la mesa. / Estampó el vaso contra la mesa.
Y aquí está lo interesante: las dos opciones son correctas, pero cuentan historias distintas. «Dejó» es neutro. «Estampó» te dice que alguien está furioso. Elegir el verbo es elegir la escena.
El truco del adverbio
Hay una señal casi infalible para detectar un verbo débil: si necesitas un adverbio, probablemente el verbo está mal elegido.
- «Habló en voz baja» → susurró
- «Cerró la puerta con fuerza» → dio un portazo
- «Miró fijamente» → clavó la mirada
- «Caminó lentamente» → se arrastró, deambuló, paseó
No es que el adverbio sea pecado. Es que el adverbio suele ser el parche de un verbo que no está haciendo su trabajo. Cuando encuentres uno, pregúntate si existe un verbo que ya contenga esa información.
Cuidado con pasarse
El peligro de este ejercicio es el contrario: escribir con verbos tan buscados que la prosa se vuelve un desfile.
✗ Se abalanzó hacia el umbral, aferró el pomo, rasgó el aire con el batiente y se precipitó al zaguán.
Todos los verbos son fuertes y el resultado es ilegible. Un texto necesita valles. Si todas las frases empujan con la misma intensidad, ninguna destaca, y el lector acaba agotado.
La proporción que funciona: verbos neutros para lo que solo hay que informar, verbos fuertes para los momentos que quieres que el lector recuerde. Si en una escena de dos páginas hay cinco verbos memorables, has acertado. Si hay cincuenta, has escrito un catálogo.
Dónde el verbo débil es la elección correcta
En el diálogo. La gente habla con verbos débiles. Un personaje que dice «me abalancé sobre la puerta» suena a novela; uno que dice «fui corriendo» suena a persona.
Cuando quieres bajar el ritmo. Después de una escena de acción, unas frases con «era», «estaba» y «había» funcionan como un respiro. La monotonía deliberada también es una herramienta.
En las acotaciones de diálogo. Aquí conviene lo contrario de lo que dicta el instinto: «dijo» es casi siempre mejor que «exclamó», «masculló» o «vociferó». El lector salta por encima de «dijo» sin verlo, que es exactamente lo que tiene que hacer para que las palabras del personaje ocupen todo el espacio.
El ejercicio
Coge un texto tuyo de al menos trescientas palabras. Haz una lista con todos sus verbos, en una columna. Léela sin el resto del texto.
Si la columna está llena de «era», «estaba», «había» y «tenía», ya sabes qué hay que trabajar. Elige los cinco momentos más importantes del texto —los cinco, no todos— y cambia solo esos verbos.
Después lee el texto entero otra vez. Habrás cambiado cinco palabras y sonará distinto.